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Mifú, el gatito que no quería crecer

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Mifú era el menor de la camada que había tenido Mamá Gata. De nariz rosada y suave pelaje gris, acostumbraba todos los días a dormir enroscado entre las patitas de su mamá. Luego, perezosamente, se acercaba a tomar leche tibia del plato que se encontraba a unos cuanto centímetros de su reconfortante cama.
Mifú casi siempre era el último en llegar, pues a paso lento, dejaba que sus hermanitos se alejaran saltando y corriendo, quienes después de su desayuno, salían al patio a jugar con las mariposas, se perseguían sus colas, o bien, luchaban entre ellos como fieros leones en la selva. Mifú por su parte, se quedaba sentado tranquilamente disfrutando el sol al lado de su madre, quien orgullosa, miraba a sus alegres gatitos. Al ser el más pequeñito de la camada, no siempre podía seguir el ritmo de sus hermanitos, puesto sus cortas patitas no siempre podían correr a la misma velocidad ni salar a a misma altura, lo cual en más de una ocasión le habría provocado caer de pancita al suelo.

– Ve a jugar hijo mío- decía Mamá Gata con cariño, pero Mifú prefería quedarse al resguardo de la compañía de mamá.

Pasaron unas semanas y al ver sus hijos más grandes, Mamá Gata decidió salir a dar una vuelta por el tejado.

– ¡Mamá no te alejes, quédate conmigo!- dijo angustiado el pequeño Mifú al ver que su madre se alejaba.
– Hijo mío, solo saldré por un momento, ve a jugar con tus hermanos. Ya han crecido y sé que estarán bien un momento sin mi- dijo con ojos bondadosos.
-¡No!- gritó el pequeño aferrándose a las patas de su mamá.- Yo no quiero crecer, porque si crezco tendré que alejarme de ti, y solo a tu lado me siento seguro- gimió con los ojos llorosos-, el mundo es muy grande para mi.
– Mi pequeño Mifú- dijo Mamá Gata, rodeando al gatito con su cola-. El mundo es grande, pero tu puedes ser igual de grande, y para eso tienes que crecer y probarte a ti mismo todo lo que puedes hacer. Además ni te has dado cuenta, pero ya te has ganado unos centímetros- añadió mientras le sonreía a su pequeño-. Ten confianza en mí, pero también en ti. Ahora ve a jugar- y tras esto Mamá Gata se alejó.
Mifú quedó pensativo, pero tomando aire y a paso seguro se acercó donde sus hermanitos lo recibieron felices, y para sorpresa de el gatito, pudo correr y jugar sin mayor problema.
Desde ese día, Mifú quiso crecer, crecer cuanto más pudiera para así alcanzar lo incansable, y siempre con la seguridad de que sería capaz de hacer todo lo que quisiera y que Mamá Gata aunque no estuviera a su lado, siempre estaría con él.

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Información sobre el Escritor

  • Escrito por: Joussie
  • Miembro desde: marzo 30, 2013

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