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Viaje en el Metro

Romina estaba sentada en el primer asiento del metro tren, el cual la llevaba por los carriles a gran velocidad. El asiento de la joven estaba de espaldas a la puerta, mirando hacia atrás, por lo que no podía ver a quienes abordaban el moderno transporte.

Cada vez que el tren arrancaba de una estación, algo en su estomago se formaba, un pequeño impulso sublime, y una fuerza que atentaba con lanzarla hacia atrás, mas, esto al poco andar se hacía efímero, y múltiples paisajes se veían a través del cristal.

La chica había tenido un mal día, como era de costumbre. Cada vez que esto pasaba, el transporte no solo la calmaba, sino que también le recordaba sucesos alegres de su vida. La ventana le mostraba paisajes que pasaban a gran velocidad por sus ojos, la chica lo asimilaba a todos los momentos vividos, su niñez, su juventud, y sus eventos furtivos, que quedaban gravados en su retina.

Pero también, se daba cuenta que ella siempre estaba en el mismo lugar, todo a su alrededor era igual, la persona que estaba frente a ella con su mismo semblante, el mismo cómodo asiento, la misma música ambiental.

Volvía a mirar por la ventana, y veía que todo pasaba a gran velocidad, los paisajes se aceleraban, y un temblor inundo su cuerpo. La chica recordó a la persona que amaba, quien le hacía a veces sentir los mismos temblores, haciendo que su ventana de la vida le mostrara experiencias, que sucedían a una velocidad vertiginosa.

Romina recordó entonces que se encontraba sola en ese momento, la chica miró a su alrededor buscando auxilio en medio de su soledad. Entonces lo vio, un libro de aventuras, una historia de mundos lejanos, donde existían príncipes y héroes, en donde había villanos que eran vencidos con fuerza, esperanza, y fe, mas su vida era distinta. Quiso entonces que el tren se detuviera, quiso bajarse para encontrar aquel mundo lejano. La vida que se deslumbraba tras la ventana ya no parecía más real que aquellas historias.

Romina plantó sus ojos en el libro, cuyo lector desplazaba sus páginas con suave cuidado. El tren comenzó a vibrar con más fuerza y la gente se comenzó a asomar por la ventana con un semblante preocupado.

Princesas, dragones, héroes, montañas, todo estaba ahí, más cercano y real de lo que se veía por el cristal. La música del tren se detuvo, mas a Romina no le llamó la atención. El libro fue cerrado de pronto por su lector quien miró a la chica con ojos desorbitados, empalideció.

La joven extendió su brazo, suave y delicado, con el afán de tocar aquel libro. Cuando lo logró, una gran fuerza la sacó de su lugar, vio entonces el libro pegarse a su cara, unos gritos de terror, luego la oscuridad.

Cuando abrió sus ojos, no vio las ventanas, no vio el piso ni el suelo del tren, sino que se vio en un valle verde y extenso, a lo lejos un castillo, y un caballero blanco que se le acercaba.

En otro lugar lejano, noticias de un descarrilamiento corría por los noticieros, ningún sobreviviente había quedado, y un cuerpo aún no había sido encontrado.

 

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